El banco sin amigos

por | Nov 2025

En la redacción de la radio, llega a mis manos un informe: El alcoholismo es el trastorno adictivo más frecuente entre la población mundial. Afecta al 10 por ciento de las mujeres y al 20 por ciento de los hombres. Es la primera sustancia adictiva entre los jóvenes. El 17% de los menores entre 14 y 18 años reconoce haberse emborrachado en el último mes. Empiezan a consumirlo a los 14.

Hablo con un médico especialista en este trastorno de un hospital público de Madrid. Asegura que el alcoholismo es una lucha entre el cerebro mental y el cerebro emocional. Uno te dice que no debes hacerlo porque te perjudica. El otro te impulsa a ello para poder soportar ciertas emociones. Y siempre gana el corazón, asegura. Hasta que por fin un día ¡se combate!

¿Cómo? Dice el doctor que cuando el paciente entiende que tiene que poner sus valores por delante de sus deseos emocionales. Parece que el beber alcohol compulsivamente nace de un deseo de olvidar traumas, de olvidar heridas, una manera de que no duelan tanto. Y me da otro dato importante: es fundamental que la persona que depende del alcohol acuda a las asociaciones de apoyo. ¿Por qué? Pues porque les escuchan cuando tienen una crisis y les ayudan así a evitar las temidas recaídas.

Escucho a un alcohólico, entrevistado en una televisión, que habla sobre su adicción y confiesa: «Esto es un asunto que comienza por la boca y se soluciona por la boca. Nosotros necesitamos hablar, sacar lo que tenemos dentro, ponerle nombre, contarlo». Es decir, necesitan ser escuchados.

Y entonces me acuerdo de un banco que vi en mis vacaciones de verano. Estaba colocado en un lugar privilegiado, en lo alto de una colina, en un precioso pueblo costero con unas maravillosas vistas al mar. Día soleado, sin frío ni calor y bajo un árbol con buena sombra. Muy apetecible… pero estaba vacío. De hecho, me entraron ganas de sentarme un rato. Como para “hacerle gasto”. Pensé entonces: «Qué buen lugar para charlar, para reír, para conversar mirando el mar azulón, para comer pipas». Era el típico banco “para estar”.

Y ahora me pregunto; ¿Cuántas conversaciones dejamos de tener? ¿Cuántas cosas necesitamos contarnos y no nos decimos? ¿Cuántas charlas en el momento adecuado han evitado una copa que ya sobraba?

Y sobre todo, han devuelto a esa persona, con un problema emocional, a la Vida.